Alexis Blanco
Cuando un artista nace, crece y multiplica habilidades y saberes, dentro de un entorno familiar eminentemente conformado por creadores, su vida estará definida por esa cascada de vivencias esteticas, éticas y filosóficas que en dicho nido florece. En el caso de Douglas Bermúdez (Maracaibo, 1977) los resultados deslumbran y quien así desee constatarlo sólo tiene que acercarse hasta el Centro de Bellas Artes Ateneo de Maracaibo, donde está ofreciendo una poderosa exposición, por él titulada Anatomía del Encuentro.
Me complace muchísimo referirle como el hijo de la maestra escultora, Irma Parra y del legendario artista Henry Bermúdez, entrañables bienamados seres con quienes he fomentado profundos nexos de solidaridad y respeto creador. Douglas con mesura y donosura su propio sendero que se bifurca: “artista visual, docente y monje Zen cuya práctica constituye una investigación profunda sobre la condición humana. Con casi tres décadas de trayectoria, su obra ha evolucionado de la academia a una “visión encarnada”, donde el dibujo y la pintura no solo definen formas, sino que cartografían la memoria y la conciencia. Para Bermúdez, el cuerpo no es solo anatomía, sino un territorio sensible donde la materia pictórica adquiere una cualidad viva y casi escultórica”, se lee en el territorio Instagram.
El pasado jueves 19 de marzo recibió a sus sorprendidos espectadores con una ceremonia pictórica muy particular, plena de sensibilidad y energía cósmica. La noche anterior, mientras montaba la exposición en la sala Oscar D´Empaire, conversó con el Barroco Cronista Cuántico sobre esta poderosa retrospectiva.
-Lo primero que uno ve es una impresionante travesía por los senderos de Eros y Tanatos, vida muerte… ¿Cómo percibiríamos esta Anatomía del Encuentro?
– Son obras que van desde el 2011 pasado, cuando tenía entre 14 y 15 años, aunque incluyo una obra de 1999 y otras de 2006…Intento abordar lo que este momento vive la humanidad, vida, muerte, tragedia, todo está pintado con ese propósito, como un referente. Es decir, la temática de mi obra es inherente al hecho mismo de la existencia. No hay un referente de una guerra, o de un conflicto bélico, o de un personaje X. Nada, nada que ver con la autoridad que se está viviendo, aunque esté presente ese camino. Una línea entre la belleza y la muerte. Eso aparece desde que el primer ser humano apareció en la tierra…
– ¿Eso tiene algún propósito inicial a la hora de concebir y desarrollar tu obra’…
-Por eso se llama Anatomía de un Encuentro, porque uno es como un ciego que va palpando y orientándose hacia la anatomía de algo que no conoce, y uno va encontrando, uno va sondeando. Para mí una obra es como es como una cápsula que contiene algo que precede o algo posterior a una vida, a una existencia, algo que uno ha vivido en el cuadro. Contiene algo de eso, pero es la experiencia de la existencia, la obra real, uno mismo, porque la obra siempre va a ser un reducto de la vida…
-Luego encontramos también un gran regodeo técnico, que pasea por la pintura y luego dentro de la aventura del dibujo y de repente hay relieves, de repente hay maderas, es como un festín de tareas que desarrollas como pintor y pareces gozarla… ¿Cuando estás ante un alumno que te habla sobre la técnica tuya, que les contestas?
-No, nada. Que no me quedo quieto. Todo cuadro está en el filo del desaparecer, todo cuadro, toda obra, se puede decir a cualquier artista, un trazo más y se pierde la imagen, una línea más y se pierde la imagen. Toda obra es así, y no te puedes quedar quieto.
– ¿Qué tanto hay en cuanto a tu hecho fáctico de ser hijo de dos artistas extraordinarios, una escultora increíble y acuciosa y un pintor que es prácticamente un icono de la pintura venezolana’
-Bueno, ser hijo de artistas me permitió vivir el arte de una manera doméstica. Vivir para mí. El arte era mi casa, no es gratuito que yo exponga, haga, esta retrospectiva aquí en el Bellas Artes, porque para mí es mi segunda casa. Yo percibo el arte desde el área de lo doméstico, de la convivencia más cotidiana. El fenómeno plástico se convierte en cocina, el taller cocina. La sala en la sala en museo, el estar es biblioteca, o sea mis amigos, cuando llegaban a la casa, me decían tú eres un museo. Y el hecho de que el arte se haya convertido, es decir, al vivir en ese ámbito, uno siempre busca entender lo que es esa singularidad que uno habita de forma hogareña. Todo eso se convirtió en una cosa casi monástica. Cuando yo veo hacia fuera de mi casa, yo veo que mi casa es como un convento, como un monasterio, con una práctica sacrosanta donde hay un silencio que en no existe ninguna otra casa. En la obra uso todos los formatos, incluso ese trabajo (señalando), pero también, por ejemplo, aquel cuadro….Un cuadro muy erótico, hermoso, de una mujer, aparece como en una dimensión muy sublime, desde el detalle que la posesión en un segundo momento se va a llamar balance pendular, porque, como hablaste al principio, está al lado de la muerte, pero también está al lado de eros, de la vida, y si te si te pones un poco a darle como una segunda mirada a los cuadros, te vas a dar cuenta que el asunto de la desnudez y el asunto de la luz están muy bien acompañados, y una cosa no puede desaparecer de la otra…
¿Por qué has decidido quedarte a vivir aquí …Apuestas por Maracaibo, hay alguna razón que en ti prevalece para apostar por el país?
-Este año, hablando con un amigo que vive en Japón, él me hizo un comentario de la exposición y por cuestiones de horario, no pudimos extender la conversación y me acuerdo que le hice una pregunta al respecto- ¡Cuál es el efecto de cambiar una cerveza por un sake? ¿Qué cambia realmente? Entonces uno es nómada y uno medita al mismo tiempo, que uno no es un santo que desconoce y uno siempre está predicando su palabra santa en el universo. Estar aquí, estar allá, es importante pero nunca determinante.
Desde Miami, nuestro bienamado artista, “El Pollo” Luis Gómez: escribió el texto de la exposición de Douglas Bermúdez:
La mirada que emerge del cuerpo.
En la obra de Douglas Bermúdez, la mirada no se limita a los ojos. Parece surgir desde el cuerpo entero, como si la percepción habitara la materia misma de la imagen, sus pinturas proponen una experiencia de visión encarnada en la que el cuerpo se manifiesta como un territorio sensible, donde memoria, emoción y conciencia convergen.
Ante estas obras, el espectador no se enfrenta simplemente a una representación, sino a una aparición. Las formas emergen con una intensidad contenida, como si algo en ellas estuviera a punto de revelarse. En esa zona de tensión entre lo visible y lo latente. Se activa una pregunta fundamental: ¿desde donde se produce realmente la mirada?
Esta condición se construye también desde la dimensión natural de la pintura de Douglas Bermúdez, trabajar a superficie como un espacio de acumulación y revelación donde gesto, textura y espesor participan activamente en la aparición de la imagen. La pintura no funciona únicamente como color o representación; actúa como materia viva.
Y aparte Materia pictórica que se organiza en capas y gestos que generan una fuerte sensación de volumen. Las formas parecen emerger desde el fondo, moderadas por la energía del thrash. La imagen no se limita a ocupar el plano: adquiere una cualidad casi escultórica, donde materia gesto y peso visual, construyen una intensa sensación de corporeidad.
Las figuras que habitan estas pinturas se sitúan en un territorio ambiguo entre el humano, lo simbólico y lo mítico. Rostros, gestos y fragmentos corporales. Aparecen con una economía formal que concentra la atención en la intensidad de su aparición. El cuerpo deja de ser únicamente anatomía para convertirse en un campo perceptivo, donde la mirada se manifiesta como una mirada que atraviesa la imagen y establece un vínculo directo con quien observa.
Este enfoque dialoga con imaginarios profundamente arraigados en la historia cultural: desde las máscaras rituales-donde el rostro funcionaba como mediación entre lo visible, lo invisible-hasta ciertas imágenes de la pintura moderna, cargadas de intensidad existencial. En este contexto resulta inevitable. Recordar a Francisco de Goya. En obras como el perro, semi hundido, la intensidad no reside en la acción, sino en la fuerza contenida de la imagen, suspendida en un espacio donde lo visible, apenas logra contener algo más profundo. Las formas que aparecen en la obra de Bermúdez. Comparten algo de esa condición. No describen una escena ni construyen una narrativa cerrada: abren un campo de experiencia. Emergen desde una materia cargada de memoria, donde fragilidad y fuerza conviven, y donde el silencio se transforma en tensión. Una dimensión esencial de este trabajo reside en su lenguaje pictórico. Bermúdez aborda la pintura como un campo de energía en el que gesto materia y color participan activamente en la construcción de la imagen. Las superficies no son planos neutros, sino espacios activos, donde la pintura se acumula, se expande o se disuelve, generando tensiones entre densidad y vacío. Aparte el color se organiza en atmósferas contenidas que privilegian la intensidad emocional sobre el efecto. El gesto introduce, además una dimensión corporal en el proceso: la huella del movimiento del artista queda inscrita en la superficie como parte estructural de la obra. De este modo, la pintura no sólo representa el cuerpo: lo encarna. Así, la experiencia estética deja de ser un acto unilateral para convertirse en una forma de conciencia encarnada.
Luis Gómez R