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"Habla Pegado": El plan que los hoy cuarentones le robaban a sus padres en los 2000

En la Venezuela de finales de los 90 y principios de los 2000, tener un celular no era para todo el mundo, y mucho menos hablar por horas. Pero llegó el plan Habla Pegado. Originalmente pensado para que los padres trabajaran y resolvieran sus asuntos con una bolsa de 2.000 minutos de Telcel a Telcel, el plan terminó teniendo un uso muy distinto al que la empresa proyectó.

La dinámica era un clásico en las casas: el papá llegaba del trabajo, soltaba el celular en la mesa y ahí empezaba la cacería. Los adolescentes, que solo tenían tarjetas de "Telpago" que se esfumaban en tres llamadas, vieron en el plan de sus padres la mina de oro.

El nombre no era una metáfora; era una instrucción. El objetivo era quedarse pegado al teléfono. Con 2.000 minutos, no había apuro por colgar. Los chamos se encerraban en el cuarto o se escondían en el baño para hablar con el novio, la novia o el mejor amigo de puras tonterías, sabiendo que el contador del plan aguantaba el abuso.

El problema venía cuando el chamo se descuidaba y llamaba a un número que no era Telcel o, peor aún, a un Cantv. Ahí es donde el "Habla Pegado" se convertía en un drama familiar. Cuando llegaba la factura a final de mes y el padre veía reflejadas horas de conversación que él no había hecho, se acababa la fiesta.

Ese plan fue el primer contacto de los venezolanos con la idea de la comunicación ilimitada. No importaba si el celular era un "ladrillo" o un "pancita", lo importante era que, mientras el viejo no se diera cuenta, uno podía pasar la tarde entera pegado al auricular sin soltar ni un bolívar.

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