El 21 de mayo de 1471, el silencio de la capilla de la torre Wakefield, a solo 45 metros de la Torre de Londres, se rompió para siempre [1]. Enrique VI de Inglaterra, el monarca que prefirió los libros y la oración al campo de batalla, caía asesinado a manos de los soldados del rey Eduardo IV, de la Casa de York.
Este trágico suceso marcó uno de los capítulos más oscuros y determinantes de la Guerra de las Dos Rosas, el sangriento conflicto dinástico que desangró a Inglaterra durante la segunda mitad del siglo XV.
El trágico destino del rey piadoso
Enrique VI ascendió al trono siendo un bebé de pocos meses. Su reinado estuvo marcado por la inestabilidad política, la pérdida de los territorios franceses y severos episodios de enfermedad mental que lo incapacitaron para gobernar. Estas debilidades fueron aprovechadas por sus rivales de la Casa de York, desatando una brutal guerra civil contra la Casa de Lancaster, la dinastía de Enrique.
Tras una serie de batallas devastadoras, las fuerzas de York comandadas por Eduardo IV aplastaron definitivamente a los partidarios de Lancaster en la batalla de Tewkesbury. Con su único hijo y heredero muerto en combate, Enrique VI se convirtió en un prisionero incómodo y peligroso para el nuevo régimen.
Un magnicidio en el altar
La noche del 21 de mayo, bajo las órdenes directas del victorioso Eduardo IV, un grupo de soldados irrumpió en los aposentos privados del monarca cautivo. Lo encontraron en su lugar de refugio habitual: la pequeña capilla de la torre Wakefield, de rodillas y entregado a la oración.
Allí mismo, sin respetar la santidad del recinto ni la fragilidad del monarca, los ejecutores acabaron con su vida. La versión oficial distribuida por la corte de York afirmó que el rey había fallecido por «puro descontento y melancolía». Sin embargo, el pueblo de Londres supo de inmediato que se trataba de un asesinato político. Siglos más tarde, al exhumar sus restos, se hallaron evidencias de graves traumas en el cráneo que confirmaron la violencia de su muerte.
El nacimiento de un mártir
El asesinato de Enrique VI no solo consolidó temporalmente el poder de la Casa de York, sino que transformó al desdichado monarca en una figura de culto popular. Los ciudadanos comenzaron a venerarlo como un rey santo y un mártir de la paz, atribuyéndole milagros en el lugar de su enterramiento. Hoy en día, la historia recuerda este crimen como el momento en que la ambición por la corona británica profanó el altar de la fe.