El Mundial 2026 está catalogado para ser el más grande de la historia en términos deportivos, con tres países sede, 16 ciudades anfitrionas, 48 selecciones y un récord de 104 partidos. Sin embargo, detrás de la euforia por el balón se esconde una realidad preocupante: también podría convertirse en uno de los eventos más contaminantes del planeta. Según advierte el portal Metro World News, el verdadero foco de alarma no estará dentro de las canchas, sino en la descomunal logística necesaria para movilizar a millones de aficionados a lo largo y ancho de Norteamérica.
Los vuelos: El enemigo invisible
A diferencia de ediciones anteriores celebradas en territorios más compactos, la dispersión geográfica de 2026 —que conectará metrópolis como la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey con sedes en Estados Unidos y Canadá— convertirá al avión en el gran protagonista ambiental.
De acuerdo con estimaciones de la organización Nat5, esta Copa del Mundo podría dejar una huella de carbono de entre 10 y 15 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono (CO2) y gases de efecto invernadero. Para ponerlo en perspectiva, este impacto equivale a las emisiones totales de una gran ciudad durante todo un año. Equipos, patrocinadores, medios de comunicación y fanáticos cruzando fronteras de forma constante en vuelos de corta, media y larga distancia ponen en tela de juicio si el modelo actual de los megaeventos deportivos sigue siendo viable en plena crisis climática.
Basura, transporte y presión urbana
El impacto ambiental no se detiene cuando los aviones aterrizan. Cada ciudad anfitriona sufrirá una presión extrema sobre sus servicios públicos esenciales. El reto cotidiano se traducirá en montañas de basura en las calles, proliferación de plásticos de un solo uso, desperdicio de comida, picos en el consumo de gas en servicios de restauración y una altísima demanda eléctrica para iluminación, pantallas y complejos hoteleros.
En el caso de México, las tres sedes designadas enfrentarán el enorme desafío de movilizar a multitudes sin colapsar el ya saturado transporte público ni disparar el uso de vehículos particulares y plataformas de movilidad, lo que generaría picos de contaminación locales.
Hacia un modelo regenerativo: Más allá de la compensación
Ante este panorama, especialistas urgen a un cambio radical de paradigma. Guillermo Hinojos Mendoza, CEO de Nat5 y doctor en Cambio Climático por la École des Mines de Paris, señala que los grandes eventos ya no pueden conformarse con la simple "compensación" de daños (como la siembra tradicional de árboles).
La propuesta de la organización apunta hacia un modelo de "Ticket Regenerativo" respaldado por tecnología (NAT5 Engine), que busca transformar cada entrada vendida en una oportunidad directa para restaurar biodiversidad, recuperar suelos e infiltrar agua en los acuíferos locales. De este modo, el éxito del torneo no debería medirse únicamente por la derrama económica, sino por el legado ecológico tangible que quede en las comunidades una vez que se apague la última pantalla.
Una doble vía: El fútbol también sufre el clima
La relación entre el balompié y el medio ambiente es de doble vía. Mientras el torneo contribuye al calentamiento global, el deporte mismo ya empieza a sufrir sus consecuencias. Nat5 identifica una triple vulnerabilidad para el fútbol actual:
- Física: Jugadores y aficionados sometidos a olas de calor extremo, tormentas intensas y mala calidad del aire.
- Económica: Estadios e infraestructura que dependen de cadenas de suministro vinculadas al petróleo, gas y electricidad cada vez más costosas.
- Reputacional: El riesgo de que el sector pierda legitimidad si la industria del entretenimiento no avanza al mismo ritmo de transición ambiental que exigen los nuevos tiempos.
El Mundial de 2026 marcará un antes y un después en la historia del deporte. De su capacidad para medir, transparentar y mitigar este impacto dependerá que sea recordado como un éxito sin precedentes o como el torneo que expuso la insostenible huella ecológica del fútbol moderno.