La crisis humanitaria en Líbano ha alcanzado niveles críticos este martes, luego de que la Unidad de Gestión de Riesgos de Desastres informara que la cifra de víctimas fatales por los bombardeos israelíes ascendió a 570 personas.
Tras ocho días de una campaña aérea ininterrumpida, el balance de heridos supera ya los 1.400, mientras el país enfrenta un éxodo masivo sin precedentes recientes. Según el último reporte de las autoridades libanesas, el número de desplazados registrados oficialmente ha escalado a 759.000 personas.
Miles de familias huyen del sur y el este del país, así como de los suburbios meridionales de Beirut, zonas que han sido el epicentro de los ataques de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). La estrategia militar de Israel se ha concentrado en desarticular las estructuras operativas del grupo chiita Hezbolá. Sin embargo, la intensidad de los bombardeos ha impactado severamente zonas residenciales e infraestructura civil.
Por su parte, Hezbolá ha mantenido una respuesta armada mediante el lanzamiento de proyectiles hacia el norte de Israel. Aunque el mando militar israelí describe estos ataques como de "impacto limitado", la persistencia del intercambio de fuego mantiene en vilo a toda la región, ante el temor de que el conflicto derive en una invasión terrestre a gran escala.
Los centros de acogida en Beirut y el monte Líbano se encuentran al límite de su capacidad. Las organizaciones internacionales han advertido que el flujo de casi un millón de desplazados internos pone a la administración pública libanesa —ya debilitada por una crisis económica crónica— ante un desafío logístico y social casi imposible de gestionar sin ayuda externa inmediata.
Mientras tanto, la comunidad internacional observa con preocupación una escalada que, lejos de amainar, parece intensificarse con cada jornada de bombardeos, alejando las posibilidades de una tregua en el corto plazo.
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