Los terremotos de 1812, sorprendieron a nuestros padres libertadores, luchando por la libertad. Eran los primeros tiempos de la guerra de Independencia. A ocho meses de haber declarado la Independencia, el 5 de julio de 1811; y a tres meses de haberse sancionado por el Congreso en Caracas, y firmado la Constitución Federal para los Estados de Venezuela, el 21 de diciembre de 1811.
El Dr. Francisco Javier Yánez (1777-1842), abogado, escritor, firmante del Acta de Independencia y de la primera Constitución de Venezuela en 1811; en su obra: “Relación documentada de los principales sucesos ocurridos en Venezuela, desde que se declaró Estado Independiente hasta 1821”, publicada por la Academia Nacional de la Historia. Tomo Primero. Editorial Elite. Caracas 1943; anotó:
“El 26 de marzo, se experimentó un sacudimiento de tierra, que, si bien causó grandes estragos en lo físico, fue mayor aún en lo político y moral: el movimiento fue compuesto, es decir, en todas las direcciones, y se sintió a las cuatro y siete minutos de la tarde, y su duración fue de un minuto y cincuenta segundos. La ciudad de Caracas quedó casi destruida; y del todo la Guaira, San Felipe, Barquisimeto y Mérida, calculándose las personas que murieron como en quince mil. La circunstancia de haber sucedido en jueves santo, día en que dos años antes habían sido depuestos los gobernantes y desconocido, el
gobierno de la península, causó una grande impresión, aún en los más despreocupados patriotas, alentó a los enemigos de la independencia, y proporcionó a los sacerdotes, la mejor oportunidad para desplegar su fanatismo y acusar de impío al congreso, por haberles, suprimido, su fuero e inmunidad personal. Pocos momentos después del temblor, un fraile de Santo Domingo, nombrado Fray Felipe Mota, predicó en la plaza de su convento, que aquel espantoso sacudimiento era un castigo visible del cielo, por haber desconocido, al que estaba destinado por Dios para gobernar estos pueblos, y que habiendo concedido dos años para el arrepentimiento, continuaban en su pecado. El Coronel Bolívar, que oyó la plática del fraile, le acusó inmediatamente al gobierno provincial, que, con algunos miembros del tribunal de justicia, se habían reunido en la plaza Mayor, y habiendo mandado que compareciese para juzgarlo incontinenti, se le hizo cargo de su exceso, a lo que contestó que había anunciado al pueblo que el terremoto era un castigo de la Justicia por los pecados públicos, como en otro tiempo lo había sido el fuego que destruyó a Sodoma y Gomorra.”
Los siguientes comentarios, sobre los terremotos de 1812 y sus efectos, fueron tomados de seis fuentes:
PRIMERO. En el catálogo de la exposición de arte celebrada en la Galería de Arte Nacional en Caracas, entre marzo y junio de 2012, para celebrar el bicentenario de la ocurrencia del terremoto que azotó a Caracas en 1812, preparada por la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas FUNVISIS, y la Fundación de Museos Nacionales; se anotó:
“Caracas resultó prácticamente devastada el 26 de marzo de 1812, día de Jueves Santo (a las 4:07 pm, intensidad IX grados y magnitud estimada entre 7.2 y 7,4), en el que la mayoría de los habitantes se hallaba en actividades de culto. Además del derrumbe de casas y edificios, algunas quebradas cambiaron su curso, brotó gran cantidad de agua fétida y hubo muchas inundaciones. Recientemente se ha determinado que ocurrieron dos terremotos con 30 minutos de diferencia y no uno, como se creía; el primero destruyó a Caracas y el segundo a Mérida. La población quedó diezmada, se estima una cifra de víctimas mortales cercana a 2.000 personas. Lo que los terremotos destruyeron en segundos, tardó décadas en recomponerse. El Presidente Antonio Guzmán Blanco (1829-1899), dedicó a ello sus mayores esfuerzos”
SEGUNDO. Los historiadores franceses: H. Poudenx y F. Mayer, fueron testigos presenciales de los eventos del terremoto de Caracas en 1812. En su obra titulada: “Memoria: contribución a la historia de la revolución de la Capitanía General de Caracas, desde la abdicación de Carlos IV hasta el mes de agosto de 1814”; impresa en París en 1815, traducida por Ángel Raúl Villasana, editada por el Banco Central de Venezuela, Caracas 1963. Los historiadores refieren:
“El Jueves Santo, 26 de marzo de 1812, a las 4 y 5 minutos de la tarde, un espantoso terremoto convirtió en un montón de ruinas a la ciudad de Caracas, hasta entonces bella y floreciente. Ese día fue señalado por escenas de la mayor desolación; el pueblo se había congregado en las iglesias, y parte de las tropas se encontraban en sus cuarteles. En veinte y seis segundos, todo se vino abajo; y la flor de la generación de esta ciudad, quedó sepultada bajo los escombros. Alrededor de ocho mil almas, perecieron en Caracas, y en la Guaira sufrieron la misma suerte unas dos mil quinientas. Los edificios de esta última ciudad quedaron destruidos en su totalidad; pero las murallas y la casa de la aduana resistieron a las sacudidas, y su presencia era el único testimonio de que la ciudad había existido. Mérida y Barquisimeto sufrieron daños de mucha consideración. San Felipe quedó tan destruido que costaba trabajo conocer las huellas de su existencia; en fin, todas las ciudades y aldeas de la Capitanía General, experimentaron en mayor o menor grado los efectos de esta convulsión de la naturaleza. En Caracas, la consternación fue general, los gritos de misericordia resonaban en todas partes, el pueblo se echó a las plazas públicas y cayendo de rodillas, imploraba la clemencia divina. Los gemidos de los infelices heridos, que la abnegación de padres o de amigos, hacia extraer de entre los escombros; las lamentaciones de quienes iban huyendo de la muerte, y la persistencia de los temblores llevaron el estupor y el espanto a los ánimos, mejor templados. En suma, nada puede compararse al espectáculo de horror que presentaba esta ciudad infortunada. El gobierno se reunió en la plaza de la catedral, y desde allí, despachaba socorro hacia los diferentes puntos de la capital; pero lo que hizo aún más extremas, las desdichas de esta ciudad, fue la carencia absoluta de medicinas, de alimentos y de todo lo necesario en semejantes circunstancias”
TERCERO. Refirió Don Arístides Rojas, en sus Estudios Históricos, que dos viajeros extranjeros: el historiador francés H. Poudenx y el comerciante Inglés Robert Semple, fueron testigos de los sucesos de 1810, 1811 y 1812.
En una carta dirigida por John Semple a su hermano Mathew Semple, en Filadelfia; ambos hermanos de Robert Semple; fechada en Tócome, el 3 de abril de 1812, la cual publicó Robert Semple, en su libro: “Bosquejo del estado actual de Caracas incluyendo un viaje por La Victoria y Valencia hasta Puerto Cabello”, publicado el Londres en 1812; un extracto es:
“Mi querido Mathew: como las malas nuevas vuelan rápidamente, dudo muy poco que de un modo u otro, no haya llegado a tu conocimiento que la una vez floreciente ciudad de Caracas, fue totalmente destruida por un terremoto, y es más que probable que muchos motivos de horror, se añadirán a este acontecimiento, por lo que me apresuro a darte pruebas de que me cuento entre los vivos, y entre los que aún abrigan esperanzas, para relevarte de la ansiedad, que debes estar sintiendo por mi suerte, ya que no sé de ninguna otra persona que puede interesarte en esta ciudad, a no ser por un sentimiento general de humanidad. El jueves santo, 26 de marzo, como a las cuatro y cuarto de la tarde, mientras comía en compañía de una familia francesa de apellido Gomgues, en cuya casa me hallo hospedado; sin la menor apariencia de peligro, en un día caluroso, aunque no sofocante, después que había pasado un periodo de tiempo delicioso, por un violento movimiento, sísmico las paredes y los techos empezaron a caer sobre nosotros, convertidos en terrones y astillas, mientras nos apresurábamos abandonar la casa para ganar la calle. Las pobres señoras de la casa, atemorizadas por el terror o por la violencia del temblor, cayeron en la puerta, cuando se dirigían hacia afuera, bloqueándola completamente. No esperando, por tal motivo más que una destrucción instantánea, me resigné a mi suerte, encomendé mi espíritu al creador, y me situé debajo de la más grande y gruesa viga, en el Marco del vestíbulo, en la esperanza de que éste no se caería, o qué, en caso de caerse, mi muerte sería instantánea. No bien me había colocado, oí en mi alrededor un grito agudo que decía ¡Misericordia Señor!, y a un crujido formidable sucedió un silencio aterrador. Todo esto aconteció en el corto espacio de quince segundos, y temeroso de una segunda sacudida, me lancé a la calle tan pronto como el polvo apenas se había disipado. Para infinita, satisfacción mía, hallé que mis
amigos se habían salvado, y estaban de rodillas en unión de centenares de aterrorizados habitantes, implorando, misericordia del que podía El solo salvarles de la honda desgracia en que todos esperaban verse envueltos por la inminente caída de las casas. En resumen, por lo menos tres mil personas han perecido en Caracas solamente y no hay en ella un edificio que si no se ha caído, no se halle en mal estado. Yo creo que éste es un golpe mortal para esta desgraciada ciudad” (los hermanos Semple, eran exitosos comerciantes internacionales)
CUARTO. El importante médico realista José Domingo Diaz (1772-1834), nacido en Caracas, en su libro publicado en Madrid en 1829: “Recuerdos sobre la Rebelión de Caracas”; reeditado por la Academia Nacional de la Historia, ediciones Guadarrama, Madrid, 1961; escribió:
“El Jueves Santo, 26 de marzo de 1812, eran las cuatro, el cielo de Caracas estaba extremadamente claro y brillante, una calma inmensa, aumentaba la fuerza de un calor insoportable, caían algunas gotas de agua, sin verse la menor nube que las arrojase, y yo salí de mi casa para la santa iglesia Catedral. Como cien pasos, antes de llegar a la plaza de San Jacinto, convento de la Orden de los Predicadores, comenzó la tierra a moverse con un ruido espantoso; corrí hacia aquella, algunos balcones de la casa de correos cayeron a mis pies, al entrar en ella, me situé fuera del alcance de las ruinas de los edificios, y allí vi caer sobre sus fundamentos, la mayor parte de aquel templo, y allí también, entre el polvo y la muerte, vi la destrucción de una ciudad que era el encanto de los naturales y de los extranjeros. A aquel ruido inexplicable, sucedió el silencio de los sepulcros. En aquel momento me hallaba solo en medio de la plaza y de las ruinas; oí los alaridos de los que morían dentro del templo, subí por ellas y entré en su recinto. Todo fue obra de un instante. Allí vi como 40 personas, o hechas pedazos, o prontas a expirar por los escombros. Volví a subirlas y jamás se me olvidará este momento. En lo más elevado encontré a don Simón Bolívar, que, en mangas de camisa, trepaba por ellas para hacer el mismo examen. En su semblante estaba pintado, el sumo terror o la suma de desesperación. Me vio y me dirigió estas impías y extravagantes palabras: “si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella, y la haremos que nos obedezca”. La plaza estaba ya llena de personas que lanzaban los más penetrantes alaridos. Volví a mi casa, tomé mi familia y la conduje a aquel sitio.
Aquel movimiento eléctrico corrió en cuatro segundos y en todas direcciones, un espacio de doscientas lenguas. Las ciudades de San Felipe, Barquisimeto y Mérida, cayeron por sus fundamentos y pereció una gran parte de sus habitantes y de las tropas acantonadas en ellas. Los pueblos de la Guaira, Maiquetía, y Chacao tuvieron igual suerte; la mitad de las casas de la ciudad de Caracas vino a tierra, y la otra mitad quedó inhabitable o poco menos de serlo y el resto de los pueblos tuvo también señales sensibles de la violencia del meteoro”
QUINTO. Dos notas en la Gazeta de Caracas, primer periódico del país, que circuló desde el 24 de octubre de 1808, hasta el 3 de enero de 1822.
La primera nota, publicada en la edición N° II, sábado 25 de abril de 1812, Tomo III, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas 1983; titulada: “Rasgos de Humanidad”, dice:
“En la melancólica tarde del 26 de marzo, cuando casi todos los ciudadanos afligidos con los estragos del terremoto, buscaban desolados sus familias, lloraban las pérdidas que habían sufrido, y solicitaban un asilo por medios de escombros espantosos y de peligros inminentes, se vio con admiración de los amantes de la humanidad, que el reverendo padre Guardián de San Francisco, Fray Francisco Barrios, con ocho de sus religiosos, se ocuparon dignamente de sacar cadáveres debajo de las ruinas, cargándolos sobre sus propios hombros, y dándoles sepultura; conducta muy laudable, y en nada semejante a la de otros muchos individuos que se empeñaron en intimidar y consternar más y más a estos infelices habitantes, proclamando principios, absolutamente contrarios a la razón y a la religión. El gobierno de Cumaná ha remitido de socorro a esta provincia a la disposición del R.P.E., trescientas arrobas de pescado, setenta fanegas de maíz y ciento de sal. Estos artículos han sido conducidos en la balandra inglesa Anrry”
La otra nota, publicada en la Gazeta de Caracas N° IV, de fecha sábado 2 de mayo de 1812. Tomo III, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas 1983; forma parte de una reflexión sobre la situación presentada posterior al sismo:
“¿Se debe trasladar la población al interior de la provincia, como algunos han opinado, abandonando este clima benigno, este suelo, hermoso y feraz, que
abunda en todo género de producciones? ¿convendrá fundar la nueva ciudad en la hermosa explanada de Catia, en donde se respira un aire puro, se siente una temperatura más deliciosa, se disfrutan aguas excelentes, o en los Valles amenos que no carecen de otras ventajas; ¿o dejarla en el mismo sitio para aprovechar los materiales sin necesidad de acarreo, el enlozado de las calles, su delineación, los puentes y acueductos?
SEXTO. La historiadora norteamericana Jane Lucas de Grummond, en su libro “Las Comadres de Caracas”; título original “Envoy to Caracas”, Louisana State University Press. Con traducción de Rafael Pineda y Felipe Llerandi, editorial Nueva Segovia, Barquisimeto, Venezuela, 1955.; refiere la apreciación que catorce años después de los terremotos de 1812, escribió en su diario, el Cónsul de Estados Unidos en la Guaira, en 1826, donde se desempeñó durante nueve años:
“El terremoto de 1812, que destrozó completamente a la Guaira, mató a tres mil personas de una población que apenas alcanzaba a cinco o seis mil. Al entrar a la ciudad o cruzar por sus calles, nada impresiona al visitante como las ruinas. El comercio ha resurgido y en algunos lugares, la necesidad ha obligado a reconstruir o a invertir dinero que devenga un enorme interés, pero por lo menos una tercera parte de la ciudad sigue en el suelo. Las ventanas de las casas no tienen cristales porque están protegidas por balaustres de hierro que no dejan suficiente espacio para que una persona pueda sacar la cabeza. Los suelos de las casas de la clase alta son de ladrillo, pero los de la gente humilde son de tierra. Las paredes están hechas de bahareque y tierra apisonada con una cubierta de cal y arena, y blanqueadas. En la Guaira, no hay edificios públicos notables, con la sola excepción de la aduana, una casa con una fachada de casi 150 pies que da al mar. Construida en un declive de la montaña; por delante, tiene tres pisos y uno en la parte posterior. Todo el edificio está hecho con una piedra teñida de un rojo claro con colores de agua. Durante el terremoto de 1812, no sufrió la menor resquebrajadura, prueba contundente de qué los edificios bien construidos, pueden soportar cualquier terremoto por más fuerte que sea”
Cordialmente, Rafael Ángel Terán Barroeta. Cronista de Tucutucu. 3-7-2026
