Miércoles 03 de junio de 2026
Opinión

La emigración venezolana en la Historia Universal (Nirso Varela)

La emigración venezolana iniciada en el año 2014 es la más numerosa de la humanidad en toda su historia. Ha…

La emigración venezolana en la Historia Universal (Nirso Varela)
(Nirso Varela)
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La emigración venezolana iniciada en el año 2014 es la más numerosa de la humanidad en toda su historia. Ha alcanzado cifras sin precedentes superando cualquier desplazamiento reseñado en los registros cronológicos. En términos absolutos, afectó a más de treinta millones de personas sin distinción de clase social, edad, sexo, educación, nacionalidad o estatus laboral. Fue causada por la crisis humanitaria aún vigente y produjo tres problemas de dimensión universal: la diáspora venezolana, la afrenta xenofóbica y la supervivencia de quienes no emigraron.

A diferencia de otros contextos históricos donde hubo migraciones que transformaron al mundo, como la expansión del islam en el siglo VII, la conquista y colonización de América después del descubrimiento, o la reciente crisis migratoria de Siria debido a la guerra civil en 2011, la emigración venezolana fue un suceso demográfico intempestivo, de corta duración y de poco alcance mediático. Se detuvo a causa de políticas restrictivas, persecuciones y estigmatizaciones en los países de acogida.

 El hecho adquirió relevancia extraordinaria porque no fue motivado por un éxodo religioso, la búsqueda del “sueño americano”, o por una guerra civil o con otro país. No hubo pandemias mortales e incontrolables, invasiones pacíficas o violentas, ni desastres naturales de gran amplitud como sequías prolongadas, huracanes mortíferos, lluvias torrenciales o terremotos destructivos de gran escala.

Fue un fenómeno donde una civilización completa colapsó aun siendo privilegiada por la diversidad de sus recursos naturales, la riqueza de su subsuelo y las bondades de su medio ambiente. Venezuela es prácticamente un paraíso terrenal. Abundan paisajes montañosos, costas, bosques, llanuras, islas, ríos, lagos, incluso dunas; un ciclo lluvioso benigno y un clima primaveral durante todo el año; una población de apenas treinta millones de habitantes sin diferencias culturales por motivos étnicos, raciales, religiosos ni históricos, asentada en una superficie de 916.445 km2, casi el doble de España que alberga en forma holgada cerca de cincuenta millones.

En Venezuela no había hambruna ni escasez de alimentos. Sumaba en el año 2002 ocho décadas continuas de crecimiento, desarrollo y progreso, desde el reventón del Barroso II en 1922. Poseía miles de hectáreas de tierras cultivadas en haciendas y fincas tecnificadas, con ciudades modernas, una industria petrolera que extraía tres millones de barriles diarios, infraestructuras industriales, excelentes vías de comunicación, complejos petroquímicos, refinerías, siderúrgicas, una central hidroeléctrica monumental y un PIB de los más elevados del mundo Y, sin embargo, el país se derrumbó en solo cinco años.

 No corresponde analizar los motivos de la crisis humanitaria. Todos los venezolanos dentro y fuera del país los conocen a ciencia cierta. En esta materia no hay ignorancia, ingenuidad ni sectarismo. Todos la han vivido y la han padecido. Al presenciar en las calles los estilos de vida, los lujos y riquezas que exhiben los nuevos ricos en plena crisis, se corrobora que el “bloqueo económico” no fue la causa de la catástrofe social. Lo más agudo de las sanciones económicas llegó cuando el país estaba en ruinas.

Solo en los primeros años de la emigración, parte de la clase media con recursos económicos reunidos de la venta de sus bienes, volaron a distintas partes del planeta. Pero después millones de personas huyeron en tropel, porque literalmente se estaban muriendo de hambre. Las familias venezolanas quedaron rotas y disgregadas, mientras los migrantes sembraban cadáveres en caminos de selvas, cordilleras y naufragios, sin que pueda estimarse una cifra aproximada.

 En esas hordas de más de ocho millones de almas, salieron los buenos y los malos. Es cierto que el buhonerismo y la delincuencia, trastornaron las naciones receptoras y aumentaron las necesidades de servicios para atender la población advenediza. Pero también es cierto que se beneficiaron del trabajo honesto y bien cualificado de miles de profesionales formados en prestigiosas universidades e instituciones.

Un segundo fenómeno de envergadura mundial es la xenofobia contra los venezolanos. Resulta insólita dada la acogida que brindó Venezuela a los extranjeros que llegaron a establecerse, se enriquecieron y echaron raíces en sus tierras. Los venezolanos se convirtieron en intrusos, invasores, mal vivientes, delincuentes y en algunos países las campañas electorales se inspiraron en promesas de expulsión de los venezolanos y esos candidatos ganaron elecciones con el voto popular.

Los venezolanos emigraron a países afines histórica y culturalmente. Sin embargo, igual que en la Alemania nazi donde, fuese niño, anciano, científico o artesano, un judío era un judío; los xenófobos de pujantes civilizaciones occidentales, inspirados en doctrinas racistas neo-nacionalistas, acusaron a los venezolanos de criminales a sabiendas que la mayoría, honesta y trabajadora, llegó buscando protección transitoria. No para establecerse como refugiados. Hoy los deportan como basura.

 Y el tercer hecho impactante, indiferente y menos sensible a la atención internacional, son las proezas que siguen haciendo los venezolanos para sobrevivir. Esto abarca más de veintidós millones que no emigraron o regresaron. Constituyen el 80% de población que antes ocupaban los extremos altos y bajos de la clase media, incluyendo profesionales y familias acomodadas que se vinieron a pique y están sufriendo los desmanes de la pobreza inducida, sembrada e intencional.

Sobreviven estirando hasta el último bolívar para gastarlo en un mercado voraz y distorsionado. Gracias a la resiliencia de los trabajadores del volante, puede observarse todos los días, “por puestos” y ciento de autobuses destartalados que van y viene repletos de pasajeros, jóvenes, ancianos, maestras, médicos, profesionales, buhoneros, para cumplir puntualmente sus trabajos mal remunerados, en jornadas admirables y verdaderamente heroicas, resistiendo los embates de la crisis.

El venezolano no se ha rendido a las circunstancias adversas. Continúa luchando en un país sin empleos ni oportunidades, viviendo de miserias, reciclando sus enseres, reduciendo al mínimo su bienestar, comprando a cuentagotas, estudiando sin expectativas, haciendo llevadera la convivencia, divirtiéndose con lo que puede y le ofrecen los mercaderes del espectáculo; enviando sus hijos a la escuela, sin desmayos, con la resignación a cuestas, la moral en alto y la esperanza en Dios.

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