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Noticia al Dia

Protectorado, tutela, o Estado 51: ¿a dónde va Venezuela? (Nirso Varela)

(Nirso Varela)
(Nirso Varela)

La imaginación y los buenos deseos de los adoloridos venezolanos juegan sus mejores cartas en la actualidad. Han surgido nuevos sentimientos después del 3 de enero de 2026. Hay quienes defienden la idea de que Venezuela se convierta en el estado 51 de los EE. UU. Otros piensan que mejor sería un protectorado al estilo Puerto Rico. Y un sector aboga y acepta el tutelaje de la potencia norteamericana.

Estas inferencias de última hora deben su lógica a la percepción que muchos venezolanos tienen de la realidad del país. En Venezuela ninguna forma de gobierno ha funcionado eficientemente. Todos los sistemas políticos desde la implantación de la república de 1831 han fracasado. Ninguna transformación institucional del pasado ha logrado alcanzar la estabilidad y el desarrollo de la nación en forma duradera. Una larga sucesión de regímenes despóticos, oligárquicos, caudillaje y dictaduras, precedieron el sistema democrático alcanzado a pulso en 1959.

Después de ciento veintiocho dolorosos años sufriendo guerras internas, asonadas, “revoluciones”, golpes de Estado, muertes, cárceles, torturas, persecuciones, despotismo y corrupción, los sueños de progreso económico, estabilidad política y bienestar social brotaron bajo los augurios del Pacto de Punto Fijo (1961). Un acuerdo decoroso entre la diversidad política de los venezolanos.

La democracia constituyó en su momento una nueva oportunidad, un nuevo comienzo en cuya dirección estuvieron políticos y personajes públicos históricos muy cultos, experimentados, en algunos casos sobrevivientes de la dictadura, excarcelados y venidos del exilio. Pese a ello, el sistema democrático se derrumbó, no pudo mantenerse en pie más de cuarenta años. Se consumió a sí mismo.

Visto el camino andado por el sistema democrático, las cosas no ocurrieron como dictaban las expectativas. El comunismo extremista se infiltró en la década de 1960 hasta alcanzar los estrados del Congreso, mientras actuaba como guerrillas en las montañas y lavaba el cerebro de estudiantes en las universidades públicas con absoluta displicencia. Desde sus trincheras, los comunistas socavaron el estado de derecho.

Los gobiernos democráticos elegidos por el voto popular se degradaron por sus erráticas decisiones; los partidos, los políticos, los hombres de pensamientos e intelectuales de bien, no pudieron imponer una narrativa por encima de las peleas callejeras de los diversos actores sociales, mientras la mediocridad invadía las instancias de poder. Los partidos se convirtieron en agencias de empleo.

Somos testigos y actores del fracaso del pasado. La economía rentista, el Capitalismo de Estado, el consumismo, el derroche y la corrupción, erosionaros el sistema democrático 1959-1999. Incluso, ignoramos con desparpajo el proyecto “Gran Viraje” de 1989 sin siquiera catarlo, una última oportunidad de corregir los desaciertos.

Participaron en la defenestración del proyecto, la mayoría del partido de gobierno, la oposición izquierdista que así misma se designaba “chiripero”; se sumaron a la andanada, los “expertos”, los denominados “notables” y muchos “politólogos” encumbrados en sus egos. El proyecto fue lapidado y su ductor destruido a garrotazos, como bien lo aseveró Gabriel García Márquez. A continuación, llegó la antesala del socialismo con bandeja de plata para los golpistas de 1992.

Todo fue anarquismo, polarización y enfrentamiento sin cuartel de unos contra otros, durante esos cuarenta años, fundamentalmente en la década de 1990. El colapso final comenzó con el “caracazo” en 1989 y terminó con las elecciones de1998.

El experimento socialista iniciado en 1999 también fracasó en forma rotunda. La gente se pregunta: ¿qué viene ahora, otra democracia al estilo “puntofijista” donde “éramos felices y no lo sabíamos”? En Venezuela hoy, para bien o para mal, la tutela estadounidense parece haber llegado para quedarse por los próximos años. Y la gente comienza a asimilar su futura forma de vida de manera creativa, optimista, con resignación: los valores nacionalistas no han servido para salvar al pueblo.

Ante tal realidad, tenemos las manos atadas. Mientras los EE. UU. dominen nuestras decisiones, debemos considerarlo “si y sólo si” como un mal necesario. Las ilusiones colectivas están inspiradas en el inmenso deseo de vivir definitivamente en paz y resarcir en parte el bienestar confiscado bajo el socialismo, aunque sea bajo tutela de los EE. UU. Mientras tanto, reclamamos un gobierno transitorio, pero democrático.

No son aspiraciones antinacionalistas. Los sobrevivientes y todos los que llevan heridas sangrantes e incurables a consecuencia de la peor crisis sufrida en Venezuela en toda su historia, anhelan construir un verdadero rumbo hacia el futuro, ser dueños de su propio destino, garantizar la sobrevivencia de las próximas generaciones y evitar que la gente vuelva a emigrar bajo los rigores de la desesperación.

A la larga seremos, a no dudarlo, un Estado Social de Derecho, soberano y liberal, sin ataduras ni tutela de ninguna potencia extranjera, como indica taxativamente la primigenia constitución de 1811. Los ideales de libertad nacidos en el siglo XIX no se han perdido, pese a los fracasos del camino. Al final seremos libres de todo sueño desfasado. Como dijo José Marti: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser siempre nuestras repúblicas” (Nuestra América, 1891)

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