Lo que debió ser el cierre de un duelo se convirtió en una pesadilla para Daniely Hurtado. Tras días de búsqueda incansable entre hospitales y morgues improvisadas, estuvo a punto de cremar el cuerpo equivocado. Solo la intervención de otra mujer, que reclamaba al mismo difunto como suyo, evitó que la identidad de Eduardo José Osal Mujica, uno de los 146 deportados el pasado 24 de junio, se perdiera en el laberinto de la desidia.
El caso de Hurtado no es un hecho aislado, sino el reflejo de un sistema forense que colapsó bajo la presión de la tragedia. Según testimonios de familiares y expertos, la falta de protocolos estrictos en la identificación de los fallecidos ha sumido a decenas de familias en una incertidumbre absoluta.
"Alguien llegaba, veía un cuerpo con rasgos parecidos a su familiar y se lo llevaba sin preguntas ni pruebas", relató Hurtado al Nuevo Herald. La falta de control en el manejo de los restos mortales, sumada a la saturación de las instalaciones, ha permitido que el caos se apodere del proceso de entrega de cuerpos
La situación es crítica: cadáveres en avanzado estado de descomposición y morgues improvisadas que no cuentan con los estándares mínimos han dificultado la labor de los deudos. Para muchos, la tragedia de los sismos del 24 de junio no terminó con el movimiento telúrico, sino que se extiende en una búsqueda agónica donde el error humano y la falta de organización oficial juegan con el dolor de quienes solo quieren dar una despedida digna a sus seres queridos.
Mientras las autoridades mantienen el despliegue de seguridad, las familias exigen respuestas claras y procesos de identificación científica como el uso de huellas dactilares para poner fin a una cadena de errores que, hasta hoy, mantiene a muchas personas sin saber el paradero real de sus familiares deportados.
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