Viernes 05 de junio de 2026
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El hampa y un violador tienen en jaque al Adolfo Pons

Los hospitales públicos en Maracaibo enfrentan una crisis crítica de deterioro y desabastecimiento, obligando a los pacientes a llevar sus propios insumos médicos, agua e incluso colchones para poder ser atendidos. La inseguridad, los constantes apagones y la escasez de personal sanitario marcan la realidad diaria de estos centros de salud.

El hampa y un violador tienen en jaque al Adolfo Pons
Maracaibo enfrentan una crisis crítica de deterioro y desabastecimiento, obligando a los pacientes a llevar sus propios insumos médicos, agua e incluso colchones para poder ser atendidos Foto y videos: Kelly Nava y Javier Sanchez
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Pacientes, obreros y personal paramédico del centro asistencial ubicado en la zona norte de la ciudad enfrentan la alarmante falta de alumbrado público que afecta a la institución. Al caer la noche, las instalaciones se transforman en una ‘cueva de lobos’, quedando a merced de la delincuencia organizada que azota los alrededores.

La situación en la entrada del Hospital Adolfo Pons es igualmente alarmante. En las horas de la noche, varios delincuentes aguardan en la oscuridad para asaltar a los familiares de pacientes que llegan a las emergencias. Estos asaltos, que incluyen el robo de celulares y medicamentos, representan un grave riesgo tanto para hombres como para mujeres que solo buscan ayuda en la farmacia que opera 24 horas al cruzar la calle.

La inseguridad se cierne sobre el hospital, manteniendo en vilo a los familiares de los enfermos que deben esperar en las afueras, muchas veces durmiendo en el suelo, con la esperanza de la recuperación de sus seres queridos. Una doctora del establecimiento, quien prefirió permanecer en el anonimato por miedo a represalias, subrayó que la situación ha escalado a niveles críticos durante la noche.

Los delincuentes, aprovechando la oscuridad del estacionamiento, desvalijan los vehículos de los familiares, siendo el robo de baterías el delito más común. La deshumanización de estos actos es desgarradora; los llamados "choros" interceptan a quienes llegan con medicamentos e insumos médicos, despojándolos de lo que llevan con tanto esfuerzo.

Un empleado del hospital también expresó su preocupación, señalando que los antisociales entran y salen a su antojo. La situación ha llegado a tal punto que incluso han desmantelado los sistemas de aire acondicionado del área de la morgue, Actualmente, esta zona se encuentra sumida en la oscuridad, rodeada de maleza alta y basura acumulada.

Los familiares de los pacientes han tenido que improvisar campamentos en las áreas externas del hospital. Algunos optan por resguardarse en sus vehículos, mientras que otros traen chinchorros desde sus casas para colgarlos en los pocos espacios disponibles. Así, han comenzado a crear redes de apoyo entre desconocidos, cuidándose mutuamente mientras enfrentan la angustia de la enfermedad de sus seres queridos y la indiferencia del gobierno.

"Solo el área de la emergencia de adultos y la pediátrica cuentan con algo de iluminación lateral. El resto del hospital se lo tragó el olvido", lamentó un familiar afectado. La peor parte del abandono se percibe en la zona posterior del hospital, particularmente en el área de la morgue. Los vecinos y trabajadores coinciden en que los delincuentes acceden al hospital por la parte trasera, que conecta directamente con los barrios cercanos, como San Rafael y Teotiste de Gallegos.

El terror que envuelve a la comunidad hospitalaria y a los sectores adyacentes ha alcanzado un punto crítico. En las últimas semanas, cerca de esa comunidad , preocupados por la creciente inseguridad, han comenzado a compartir relatos inquietantes sobre un violador que acecha en las cercanías de una conocida cauchera. Este individuo, según testimonios de residentes del barrio San Jacinto, ha atacado a dos niñas cerca de la cañada que conecta con la urbanización Mara Norte.

Los jóvenes de los barrios San Rafael y Teotiste de Gallegos, motivados por el deseo de proteger a su comunidad, se han organizado para vigilar las calles y las esquinas, armados con tobos de agua, esperando a que el violador aparezca, aunque hasta el momento sus esfuerzos no han dado frutos.

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