
Para el marabino, la Semana Mayor no se negocia solo en los templos; se vive también a la orilla del Lago de Maracaibo. Este Jueves Santo cientos de temporadistas se volcaron a las riberas locales para bautizar el asueto con sol, música y esa resiliencia que caracteriza al gentilicio zuliano.
El recorrido comenzó en Brisas del Lago, en Milagro Norte. Detrás de las paredes de Sanipez, el ambiente se sentía alegre y soleado. Allí, el aire se espesaba con el olor a pinchos y el eco del reggaetón. Las familias, apostadas bajo cualquier sombra, convirtieron la orilla en un salón de fiesta familiar donde los niños corrían tras pelotas de colores, ignorando que las aguas que los refrescaban han visto tiempos mejores.



El "Paraíso de un dólar"
Más adelante, la Playa de los Policías se erigió como el epicentro del comercio y la distracción. Con una colaboración de apenas un dólar por persona, el acceso se abría a un mercado de sensaciones: desde trajes de baño y lentes hasta el ingenio criollo que ofrecía "viagra" y tatuajes temporales con aerógrafo para los más osados. Entre jugadas de dominó y el estruendo de vallenatos, los bañistas se hundían en arenas claras mientras el Puente Rafael Urdaneta vigilaba, imponente, desde el horizonte.





Distopía y fe en el Sur
Hacia El Manzanillo, la experiencia se tornó casi cinematográfica en Playa Radio Popular. En una estampa que parece extraída de una fantasía distópica, las familias convivían con los restos oxidados de antiguas instalaciones petroleras. Allí, donde el coloso de concreto parece estar al alcance de la mano, el espectáculo visual opaca cualquier rastro de descuido. Madres con vestidos de baño fluorescentes y botes pequeños navegando en la cercanía pintaron un cuadro de alegría sana en medio del paisaje industrial.




El refugio del hogar
Sin embargo, no toda la fe en el asueto se depositó en el salitre del lago. En los confines de los patios y porches marabinos, la creatividad tomó forma de chapuzón casero. Aquellos que prefirieron el refugio del techo propio inflaron sus salvavidas y armaron fronteras de plástico, convirtiendo sus casas en oasis privados.
Bajo la supervisión atenta y el aroma del pescado frito, los más pequeños disfrutaron en un ambiente de sana convivencia, demostrando que para broncearse en estos días especiales, el ingenio zuliano es capaz de comprimir el verano en los límites de un patio.


Este Jueves Santo deja un sabor a pescado frito y una reflexión necesaria. El zuliano no ha abandonado su lago; lo abraza y lo viste con su presencia durante estos días de celebración nacional, donde la playa, dentro de la ciudad, sigue siendo una alternativa para muchos en nuestra región.
Luis Miguel Flores
Imágenes: Xiomara Solano
Noticia Al Día